- REY ENIGMA
Por: Luis Fernando Reyes
México llega a la revisión del T-MEC con una paradoja incómoda: mientras presume soberanía económica, analiza modificar sus compras internacionales para satisfacer una exigencia de Estados Unidos.
La presidenta Claudia Sheinbaum confirmó que el Gobierno estudia comprar más productos estadounidenses y reducir importaciones provenientes de otros países, como parte de las negociaciones comerciales. Washington busca disminuir su déficit con México; del otro lado de la mesa, el Gobierno mexicano quiere menores aranceles para sus exportaciones de acero, aluminio y automóviles.
El problema no es comprarle más al vecino. Estados Unidos es el principal socio comercial de México y la integración productiva entre ambos países es enorme. El problema es qué está dispuesto a modificar México para conservar el acceso preferencial al mercado estadounidense.
La presión ya alcanza a terceros países y particularmente a China. Washington también busca endurecer las reglas de origen de productos tecnológicos fabricados en México para limitar la incorporación de componentes provenientes de fuera de Norteamérica.
México, además, ya redujo compras de productos afectados por aranceles provenientes de China, Taiwán y Brasil durante el primer semestre de 2026. En las fracciones analizadas por la Secretaría de Economía, las importaciones chinas disminuyeron 26.3 por ciento anual.
¿NEGOCIACIÓN O DEPENDENCIA?
Aquí está el punto incómodo del T-MEC: México necesita enormemente del mercado estadounidense y Washington lo sabe.
Por eso, cada amenaza arancelaria aumenta la presión sobre el Gobierno mexicano. Hoy se habla de comprar más productos estadounidenses; mañana la discusión puede involucrar reglas de origen todavía más estrictas, inversión china o nuevas condiciones para sectores estratégicos.

Diversificar proveedores debería ser una herramienta de soberanía económica, no una moneda que pueda entregarse automáticamente para calmar al socio dominante.
México puede decidir que comprar más a Estados Unidos le conviene. Pero esa decisión debería responder primero a precios, competitividad, industria nacional y beneficios para los consumidores mexicanos, no únicamente a la necesidad estadounidense de corregir su balanza comercial.
La pregunta central rumbo a la revisión del T-MEC ya no es solamente si el tratado continuará.
Es mucho más incómoda:
¿Cuánto margen conserva México para decirle “no” a Estados Unidos cuando buena parte de su economía depende de poder seguir vendiéndole?
Ahí se medirá realmente el poder de negociación mexicano.

