- CRONOPIO
Por: Santiago Obregón Obregón
Hay artistas que reconocemos por la voz y otros por la forma en que se adueñan de un escenario. Robbie Williams pertenece a ambos grupos. Basta esa sonrisa de quien parece estar a punto de hacer una travesura para recordar por qué se convirtió en uno de los personajes más atractivos del pop. Su regreso a México, con conciertos programados para este 7 y 8 de octubre en el Palacio de los Deportes, nos da una buena oportunidad para hablar del fenómeno que fue y de lo que todavía representa.
Para quienes crecimos entre la televisión musical, los discos compactos y la radio, Robbie formó parte de una época en la que un videoclip podía convertirse en tema de conversación durante días. Había que esperar para verlo otra vez, aprenderse la canción de oído y, si alcanzaba el dinero, comprar el disco. La relación con la música tenía otros tiempos. En ese mundo, él sabía llamar nuestra atención.
Su paso por Take That le dio una primera plataforma, pero construir una identidad propia fue otro asunto. Salir de un grupo exitoso significa perder una estructura que también protege: los compañeros, la imagen compartida y un público acostumbrado a verte dentro de un conjunto. Como solista, Robbie tuvo que demostrar que su personalidad alcanzaba para sostener una carrera. “Angels”, publicada en 1997 e incluida en Life Thru a Lens, fue decisiva en ese camino.
Lo interesante es que podía ser sentimental sin perder el descaro. En “Angels” aparecía una voz capaz de acompañar la tristeza; en “Let Me Entertain You”, un hombre dispuesto a provocar al público desde el primer momento. “Rock DJ”, “Feel” y “Come Undone” completan distintas caras de ese personaje: el bailarín, el romántico, el inconforme. Escucharlo era entrar en un repertorio donde cabían la fiesta y las dudas.
A mí me gusta esa combinación. Robbie tiene algo de los grandes animadores: entiende que un concierto también se construye con gestos, silencios, bromas y complicidad. Puede levantar una ceja y conseguir una respuesta. Puede dejar de cantar unos segundos y permitir que la gente tome la canción. Ese intercambio explica buena parte de su fuerza sobre el escenario.
La dimensión del fenómeno quedó retratada en Knebworth, en agosto de 2003, cuando reunió a 375 mil personas a lo largo de tres conciertos. La cifra impresiona, pero las imágenes permiten comprenderla mejor: una multitud siguiendo a un cantante que parecía sentirse en casa frente a ella. Aquellos conciertos son una referencia para entender hasta dónde había llegado el muchacho que buscaba hacerse un lugar fuera de Take That.
También había una cualidad que lo acercaba al público: su personaje dejaba espacio para la contradicción. Podía parecer arrogante y, unos minutos después, vulnerable. En sus canciones convivían el deseo de ser querido y la incomodidad de estar bajo la mirada de todos. Esa tensión le daba profundidad a una figura que, vista de lejos, podía confundirse con puro espectáculo.
Por eso su regreso a México tiene un significado especial para quienes lo hemos seguido. Vamos creciendo y las canciones van cambiando de lugar dentro de nuestra vida. Una que antes servía para una fiesta puede terminar recordándonos a una persona. Otra, que escuchábamos sin prestar demasiada atención, empieza a decirnos algo después de una despedida. El disco sigue siendo el mismo; quienes lo escuchamos hemos cambiado.
Existe, desde luego, la nostalgia. Sería absurdo negarla. Pero volver a escuchar a un artista también permite revisar cuánto de aquella admiración sigue vivo. En el caso de Robbie, encuentro canciones que todavía funcionan y una personalidad que conserva su atractivo. Su humor, su teatralidad y esa manera de buscar al público siguen siendo razones para querer verlo.
Estos días, el Palacio de los Deportes será el punto de encuentro entre un cantante y muchas historias personales. Habrá quienes lo hayan acompañado durante décadas y quienes apenas estén descubriendo su música. Cada uno llegará con una canción pendiente, un recuerdo o la curiosidad de comprobar qué tiene ese británico que provoca tanto entusiasmo.
Yo creo que parte de la respuesta está en la libertad con la que ocupa el escenario. Robbie Williams sabe hacer de una canción una celebración compartida. Y cuando miles de personas reconocen los primeros acordes y empiezan a cantar, ocurre algo sencillo y poderoso: por unos minutos, una música que cada quien guardaba en su propia vida se vuelve de todos.