El rock ya no manda, pero sigue sonando

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CRONOPIO

Por Santiago Obregón Obregón

Hubo un tiempo en que preguntar qué música escuchabas era casi preguntar quién eras. Decir que te gustaba el rock, el pop o la banda podía definir tu grupo de amigos, la ropa que usabas y hasta los lugares a los que salías. La música servía para reconocerse entre iguales, pero también para marcar distancias. Había quienes defendían a su banda favorita como si cualquier crítica fuera una ofensa personal.

Hoy esas fronteras parecen menos firmes. Una misma persona puede escuchar a Bad Bunny, después una canción de Queen y terminar con una de Juan Gabriel. Para algunos eso representa una pérdida de identidad musical; para otros, la libertad de disfrutar sin tener que dar explicaciones. Quizá simplemente cambiamos la manera de relacionarnos con las canciones.

Antes, conseguir un disco implicaba una decisión. Había que ahorrar, buscarlo, pedirlo prestado o esperar a que alguien lo grabara. Ese esfuerzo hacía que uno escuchara el álbum completo, incluso aquellas canciones que al principio no convencían. Con el tiempo, alguna de ellas terminaba siendo la favorita. También estaba la emoción de escuchar en la radio ese tema que llevábamos días esperando.

Con el teléfono, la relación es distinta. Tenemos una enorme cantidad de música disponible y podemos cambiar de canción en segundos. Esa facilidad permite descubrir artistas que antes difícilmente habrían llegado a nuestros oídos, aunque también puede volver más impaciente nuestra escucha. A veces una canción apenas tiene unos segundos para conquistarnos.

La variedad forma parte de este cambio. El informe Engaging with Music 2023, de la Federación Internacional de la Industria Fonográfica, encontró que los aficionados escuchaban, en promedio, más de ocho géneros musicales. El dato ayuda a entender por qué las etiquetas resultan cada vez menos suficientes para describir nuestros gustos. (ifpi.org)

Dentro de esa transformación, el rock parece haber perdido parte del protagonismo que muchos recordamos. Para quienes crecimos con guitarras, baterías y bandas que ocupaban nuestras conversaciones, puede resultar extraño ver que otros sonidos despierten ahora ese entusiasmo. El reguetón, el trap o las distintas expresiones del regional mexicano tienen figuras con las que otros jóvenes se identifican.

Sería fácil decir que antes había mejor música. Es una frase cómoda porque permite convertir nuestros recuerdos en una medida universal de calidad. Pero conviene preguntarnos cuánto de esa preferencia corresponde a las canciones y cuánto a la vida que teníamos cuando las escuchábamos. Una melodía puede parecernos insuperable porque nos devuelve al primer amor, a los amigos de la escuela o a una tarde con alguien que ya no está.

El rock conserva una fuerza particular en esa memoria. Queen, The Beatles, Led Zeppelin o Nirvana acompañaron a públicos distintos y dejaron canciones que siguen encontrando nuevos oyentes. En español, Soda Stereo, Caifanes, Héroes del Silencio y muchas otras bandas forman parte de la historia personal de quienes aprendieron a expresar un desamor, una inconformidad o una ilusión con sus letras.

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Sin embargo, querer al rock también exige permitirle moverse. Si cada conversación termina en los mismos discos y cada banda nueva debe parecerse a una de hace treinta años para recibir nuestra aprobación, nosotros mismos reducimos sus posibilidades. Un género necesita canciones nuevas, espacios para tocarlas y públicos dispuestos a escuchar algo que todavía no conocen.

También vale la pena distinguir entre perder presencia y perder valor. El rock puede compartir el escenario con otros géneros sin que desaparezca lo que aportó. Su lugar en la cultura no depende únicamente de ocupar las novedades de una plataforma. Está también en las personas que empiezan a tocar una guitarra, en las bandas que ensayan después del trabajo y en las canciones que alguien le muestra a su hijo durante un viaje.

Los gustos seguirán cambiando. Lo que hoy parece indispensable algún día será el recuerdo favorito de otra generación, y esos jóvenes también se sorprenderán al descubrir que sus hijos prefieren algo distinto. Así ha ocurrido antes y seguramente volverá a ocurrir. Mientras tanto, podemos escuchar lo nuevo sin renunciar a lo que nos formó.

El rock quizá ya no tenga el lugar central que tuvo en nuestra juventud, pero conserva algo difícil de conseguir: canciones a las que regresamos y que todavía tienen algo que decirnos. Basta escuchar los primeros acordes de una de ellas para entender por qué se volvió un clásico.

Redacción
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Equipo editorial de Infomedia Digital. Noticias de Hidalgo, México y el mundo con enfoque local y regional.

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