- CRONOPIO
Por: Santiago Obregón Obregón
Hace diez años, una pregunta comenzó a escucharse en parques y plazas de México: “¿Qué Pokémon apareció por aquí?”. En 2016, Pokémon GO consiguió algo que parecía improbable: que millones de personas salieran de casa para jugar con el teléfono. La pantalla seguía en sus manos, pero la aventura estaba en la calle.
La idea era sencilla. El mapa del juego tomaba como punto de partida el mundo real; para encontrar criaturas, visitar Poképaradas o participar en combates había que caminar. De pronto, una plaza conocida podía convertirse en el sitio de un hallazgo inesperado. Un monumento que alguien había pasado por alto durante años adquiría otra función: marcar una parada en el recorrido.
En México, la emoción inicial reunió a desconocidos de distintas edades. Había quienes crecieron viendo la serie animada, jóvenes que conocían a los personajes por los videojuegos y familias que encontraron una excusa para pasear juntas. En agosto de 2016, jugadores incluso caminaron en grupo del Ángel de la Independencia a la Alameda Central, en la Ciudad de México. Querían convivir y mostrar que podían organizarse y respetar los espacios públicos. (eluniversal.com.mx)
Como ocurre con casi todas las modas, la multitud de los primeros meses disminuyó. Pero reducir Pokémon GO a aquella fiebre sería ignorar lo que vino después. El juego encontró una vida más tranquila y constante en sus comunidades: personas que acuerdan dónde reunirse, colaboran para superar una incursión, intercambian Pokémon y terminan conversando de cualquier otra cosa. A veces, el verdadero premio de salir a jugar es encontrarse con alguien.
Su impacto también llegó al turismo. En 2022, Monterrey recibió el primer Pokémon GO Tour presencial realizado en México, con actividades en el Parque Fundidora. Tres años después, el City Safari de Cancún llevó a jugadores por distintos puntos de la ciudad. Son ejemplos de cómo una actividad digital puede animar recorridos por lugares reales y atraer visitantes a los comercios cercanos, aunque no sería serio atribuirle cualquier aumento de ventas sin datos que lo demuestren. (nl.gob.mx, cancun.gob.mx)
Pachuca tiene su propia versión de esta historia. Aquí no hace falta imaginar un festival internacional para entender el atractivo del juego. Basta pensar en una caminata por el centro, en la posibilidad de encontrarse con otros jugadores en Parque Hidalgo y en esa costumbre tan pachuqueña de reconocer una cara después de haber coincidido varias veces en el mismo sitio. En febrero de este año se anunció allí una jornada de convivencia para aficionados de Pokémon, familias y creadores independientes. La afición, por lo visto, sigue teniendo un lugar en la ciudad. (oem.com.mx)
Hay algo interesante en mirar Pachuca a través de Pokémon GO. Quienes vivimos aquí sabemos que una ciudad puede volverse rutina: la misma ruta al trabajo, el mismo tráfico, las mismas fachadas que dejamos de observar. El juego propone desviarse unos minutos, entrar a un parque o detenerse frente a un punto que antes parecía invisible. No sustituye el interés por la historia local, pero puede despertar una primera pregunta: ¿qué es este lugar y por qué está marcado en el mapa?
También conviene reconocer sus límites. Caminar distraído mientras se mira la pantalla implica riesgos, sobre todo al cruzar calles. Salir de noche exige elegir bien la ruta y jugar acompañado cuando sea necesario. Además, la experiencia depende de tener teléfono, datos móviles y tiempo libre: condiciones que no están al alcance de todas las personas. Pokémon GO invita a ocupar el espacio público, pero disfrutarlo con seguridad requiere prestar atención a la ciudad que tenemos delante.
Tal vez ahí está su lección más valiosa. Durante años se nos dijo que los videojuegos encerraban a las personas y las alejaban unas de otras. Pokémon GO mostró que esa relación puede ser más compleja. Una aplicación puede llevarnos a caminar, descubrir un parque, conversar con un desconocido o recuperar el gusto por una tarde sin prisa.
A diez años de su aparición, no todos siguen buscando al Pokémon más raro. Algunos dejaron de jugar; otros nunca se fueron. En Pachuca, como en muchas ciudades de México, quedan pequeñas comunidades y encuentros que no siempre hacen ruido. Y acaso eso sea lo más duradero de aquella sorpresa de 2016: descubrir que, incluso mirando un mapa en el teléfono, todavía podemos encontrar motivos para mirar nuestra ciudad y compartirla con los demás.